Los diseñadores pasamos muchísimo tiempo dibujando, redibujando, pensando, imaginando. Mirando referentes, observando. Dialogando con colegas sobre los proyectos. Este momento, el que no se ve, es el inicio, es la esencia y la base de donde nace un proyecto.
El entusiasmo, emoción clave, es lo que mantiene vivas las ganas de diseñar.
Mi corazón se enciende y se agranda cuando todo va encajando, cuando cada línea va cerrando en armonía con el paisaje, el cliente y la arquitectura. Es glorioso. Y luego… hay cambios. Hay obstáculos que no vimos. Entonces, el proceso comienza de nuevo. En busca de ese entusiasmo que genera creatividad, soluciones, vitalidad; que enciende mi corazón y el del cliente.
Generar espacios que otros sientan como propios, que mejoren su calidad de vida y la del entorno, me da un placer enorme. Y siento que cada uno de estos proyectos aporta un granito de arena al cambio de este mundo.
Y en este proceso, algo también se transforma en nosotros y en nuestros clientes: abrimos miradas, abrimos corazones. Ampliamos conciencias. El camino del diseñador genera cambios de los que muchas veces no somos conscientes.
Cada cliente, cada proyecto, es un desafío.
Nadie sale como entró.